La
noche de aquel Abril fué fria e iluminada por mi amiga Luna, los duendes… esos
pequeños seres con minuciosa figura pero con grande sabiduría, ellos y sus
mágicas amigas hadas estaban conmigo susurrando al viento canciones que sólo
los poetas sin nombre cantamos desde el alma para nuestro ser; querido fue mi
corazón por razones que aún desconozco y que mi mente no se esfuerza en revelar
pero los sentimientos que mi semilla siempre me enseño fueron sacados de su
sarcófago oscuro y a la vez tranquilo, para que pudiesen ser conocidos por los
misteriosos ojos de aquel ser que me miraba fijamente mientras caminaba hacía
lo que sería el primer paso hacía mi immortalidad.
Sus
ojos eran llamas apagadas por las sombras de los espíritus de aquellos árboles
que rodearon nuestro encuentro, invadía mis pensamientos, él sabia lo que yo
pensé en ese instante pero aun así se nego a mostrarme un poco de ese fuego que
rodeaba su ser, lo podía sentir en su cuerpo y a la vez rodeaba mi ser de su
amarga frialdad que apagaba esa llama eterna que se encendía cuando estabamos
juntos.
Un
pequeño saludo con mis manos fue lo que hice al acercarme a este mágico ser y
una resplandeciente sonrisa obtuve gracias a mis movimientos, los duendes,
hadas y espíritus que rodeaban ese lugar lloraron al estar en presencia de tan
mágico encuentro ya que sabían que en aquellos entes había una luz muy poderosa
que brillaría en las entrañas de la Tierra para darle vida a el mundo pérdido,
jamás visto por ojos llenos de odio… sucios. Un secreto que surgía en ese
instante tenía que guardarse, de tal manera que los espíritus del bosque se
retiraron de aquel lugar danzando y cantando hasta el fín de aquel sentimiento,
contando esta historia a niños y personas con una gran luz en su ser.
Ahora
voy a darles detalles de lo que paso ese día, mientras miraba sus ojos, me di
cuenta de que su cálida voz bajó por mi pecho, eran las palabras que llegaban a
mi corazón; una dulce mirada de viejos amigos, una fuerte sensación que ni yo
ni él pudimos contener, un baile de sonrisas fue lo que creamos en ese instante
y después vino el deseo… de caminar juntos en aquella noche. Frase tras frase
que encendían la luz de mi amiga Luna que brillaba esa noche más que nunca,
siempre deseando que su luz nos fundiera en un solo rayo de vida; llegamos a
una vieja cabaña, donde compramos “chicha”, el néctar de la Madre Tierra,
olvidando toda formalidad, perdidos en nuestro momento, salimos de aquel lugar
sin decir adiós y sin recibir el dinero que nos debían, en ese momento había
algo más importante que el dinero… la inmortalidad.
La
inmortalidad de su mirada que tenía el reflejo de mama luna, a´te, mama killa…
perduró en mi ser durante mucho tiempo, incluso hoy en día no sé cómo explicar
aquella sensación que invadió mi alma por un instante como si fuese un
recorrido de mil años luz desde esta sagrada tierra hacia el rincón intermedio
del universo que conocemos y que vislumbre ese día en aquel lugar, aquella
noche y aquellos ojos eternos que me miraban desde su universo hicieron que la
percepción del tiempo cambiara, ahora la línea del reloj giraba en espiral… iba
y venía a nosotros como un pájaro ancestral, colibrí de colores que visitó
nuestro encuentro… traía un buen mensaje de los dioses, pues una vez más estos
dos seres se habían encontrado en el camino.
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