viernes, 15 de febrero de 2019

Askad, recuerdo de otra vida

La noche de aquel Abril fué fria e iluminada por mi amiga Luna, los duendes… esos pequeños seres con minuciosa figura pero con grande sabiduría, ellos y sus mágicas amigas hadas estaban conmigo susurrando al viento canciones que sólo los poetas sin nombre cantamos desde el alma para nuestro ser; querido fue mi corazón por razones que aún desconozco y que mi mente no se esfuerza en revelar pero los sentimientos que mi semilla siempre me enseño fueron sacados de su sarcófago oscuro y a la vez tranquilo, para que pudiesen ser conocidos por los misteriosos ojos de aquel ser que me miraba fijamente mientras caminaba hacía lo que sería el primer paso hacía mi immortalidad.



Sus ojos eran llamas apagadas por las sombras de los espíritus de aquellos árboles que rodearon nuestro encuentro, invadía mis pensamientos, él sabia lo que yo pensé en ese instante pero aun así se nego a mostrarme un poco de ese fuego que rodeaba su ser, lo podía sentir en su cuerpo y a la vez rodeaba mi ser de su amarga frialdad que apagaba esa llama eterna que se encendía cuando estabamos juntos.

Un pequeño saludo con mis manos fue lo que hice al acercarme a este mágico ser y una resplandeciente sonrisa obtuve gracias a mis movimientos, los duendes, hadas y espíritus que rodeaban ese lugar lloraron al estar en presencia de tan mágico encuentro ya que sabían que en aquellos entes había una luz muy poderosa que brillaría en las entrañas de la Tierra para darle vida a el mundo pérdido, jamás visto por ojos llenos de odio… sucios. Un secreto que surgía en ese instante tenía que guardarse, de tal manera que los espíritus del bosque se retiraron de aquel lugar danzando y cantando hasta el fín de aquel sentimiento, contando esta historia a niños y personas con una gran luz en su ser.

Ahora voy a darles detalles de lo que paso ese día, mientras miraba sus ojos, me di cuenta de que su cálida voz bajó por mi pecho, eran las palabras que llegaban a mi corazón; una dulce mirada de viejos amigos, una fuerte sensación que ni yo ni él pudimos contener, un baile de sonrisas fue lo que creamos en ese instante y después vino el deseo… de caminar juntos en aquella noche. Frase tras frase que encendían la luz de mi amiga Luna que brillaba esa noche más que nunca, siempre deseando que su luz nos fundiera en un solo rayo de vida; llegamos a una vieja cabaña, donde compramos “chicha”, el néctar de la Madre Tierra, olvidando toda formalidad, perdidos en nuestro momento, salimos de aquel lugar sin decir adiós y sin recibir el dinero que nos debían, en ese momento había algo más importante que el dinero… la inmortalidad.

La inmortalidad de su mirada que tenía el reflejo de mama luna, a´te, mama killa… perduró en mi ser durante mucho tiempo, incluso hoy en día no sé cómo explicar aquella sensación que invadió mi alma por un instante como si fuese un recorrido de mil años luz desde esta sagrada tierra hacia el rincón intermedio del universo que conocemos y que vislumbre ese día en aquel lugar, aquella noche y aquellos ojos eternos que me miraban desde su universo hicieron que la percepción del tiempo cambiara, ahora la línea del reloj giraba en espiral… iba y venía a nosotros como un pájaro ancestral, colibrí de colores que visitó nuestro encuentro… traía un buen mensaje de los dioses, pues una vez más estos dos seres se habían encontrado en el camino.

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